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domingo, 21 de marzo de 2010

Parodias del Gotico

Los excesos, los estereotipos y las absurdidades frecuentes del gótico tradicional allanaron el terreno para la sátira. La más famosa parodia del gótico es la obra de Jane Austen titulada “La abadía de Northanger” (1818), cuya ingenua protagonista, tras la lectura de demasiada ficción gótica, se cree la heroína de una novela de Anne Radcliffe e imagina asesinatos y villanías en todas partes, aunque la verdad resulta ser mucho más prosaica.

Esta novela de Jane Austen debe incluirse en una lista de tempranos trabajos dentro de la ficción gótica que se conocen como “Las novelas de horror de Northanger”: “El nigromante o, el cuento del bosque negro” (1794) de Ludwig Flammenberg (seudónimo de Carl Friedrich Kahlert); “Misterios horribles” (1796) del Marqués de Grosse; “El castillo de Wolfenbach” (1793) de Eliza Parsons; “La advertencia misteriosa, un cuento alemán” (1796) por Eliza Parsons; “Clermont” (1798) de Regina Maria Roche; “El huérfano del Rin” (1798) de Eleanor Sleath y “La campana de medianoche” (1798) de Franciso Lathom.

Estos libros, con sus títulos espeluznantes, son probables creaciones de Jane Austen, aunque la investigación posterior de Michael Sadleir y de Montague Summers confirma la existencia de tales escritores así como el interés renovado por el gótico. Todos estos títulos han sido recientemente publicados por la editorial Valancourt Press, en el año 2007.

Otro ejemplo de parodia gótica con un estilo similar es “La heroína” de Eaton Stannard Barrett (1813). La protagonista Cherry Wilkinson, que posee un bagaje de lecturas parecidas al caso mencionado previamente, también se cree heroína de una novela gótica.

De esta manera, ella percibe y modela la realidad según los estereotipos y las estructuras típicas del argumento de la novela gótica tradicional, llevando a una serie de acontecimientos absurdos que culminan en una catástrofe.

Tras la caída, sus fantasías se someten a la voz de la razón con la guía de Estuardo, una figura paternal bajo cuya dirección la protagonista recibe una educación y una sana corrección de sus creencias y gustos erróneos.

Gotico Irlandes y Vampirismo

El bandido melancólico, la mansión prohibida y la heroína perseguida en la obra de Sheridan Le Fanu “Tío Silas” (1864) demuestra la influencia directa tanto de “El castillo de Otranto” de Horace Walpole como de “Los misterios de Udolpho” de Anne Radcliffe.

La colección de narrativa breve de Le Fanu “Oscuramente, en un vidrio” (1872) incluye el magnífico cuento de vampiros titulado “Carmilla”, que proporcionó sangre fresca a ese subgénero particular del Gótico que influenció la obra cumbre de Bram Stoker, “Drácula”(1897).

Según el crítico literario Terry Eagleton, Le Fanu –junto a su precursor Maturin y a su sucesor Stoker– dieron forma a un género secundario del Gótico irlandés, en cuyas historias los castillos se ubican en un paisaje estéril con la actuación de remotos aristócratas que dominan un paisanaje atávico, lo cual representa en forma alegórica el apuro político de Irlanda colonial sujeto a la predominancia protestante.

Este subgénero tuvo una fuerte influencia también en escritores más reconocidos como Charles Dickens, que leyó las novelas góticas de adolescente e incorporó su atmósfera melancólica y el melodrama en sus propios trabajos, trasladándolos a un contexto más moderno y a un ambiente urbano.

Su trabajo más evidentemente gótico es su novela tardía “El misterio de Edwin Drood” (1870). El humor y los temas de la novela gótica despertaron una fascinación particular entre los victorianos, con su obsesión mórbida por los rituales de luto, los recuerdos y la mortalidad en general.

Por otra parte, la década de 1880 vio renacer al gótico como un poderoso género literario aliado a la decadencia del fin de siglo. Los trabajos clásicos de este período incluyen los de Robert Louis Stevenson “El extraño caso del Dr. Jekyll y de Sr. Hyde” (1886), “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde (1891), “Trilby” de George du Maurier (1894), “Otra vuelta de tuerca” de Henry James (1898) así como los relatos de Arthur Machen.

Pero el más famoso villano gótico se lo debemos a Bram Stoker: se trata del conde Drácula. Este escritor, además, estableció a Transilvania y a Europa del Este como el locus (lugar) clásico de la nueva ficción gótica.

En Estados Unidos, dos escritores notables de fines del siglo XIX también deben incluirse dentro de la tradición gótica. Ellos son Ambrose Bierce y Robert W. Chambers. Los relatos cortos de Bierce continúan la tradición pesimista de horror de Poe. Chambers, en cambio, se complace con el estilo decadente de Wilde y Machen (al punto de incluir un personaje llamado Wilde en su obra “El rey de amarillo”).

Por último, es necesario mencionar que los goticos victorianos ficcionalizaron los miedos o amenazas contemporáneos como la degeneración ética y cuestionaron las estructuras sociales de su época.

El Gotico femenino

La célebre novela de Emily Brontë “Cumbres borrascosas”, escrita en 1847, transporta el gótico al prohibido Yorkshire Moors y ofrece apariciones fantasmales, así como un antihéroe byroniano encarnado en la persona del demoníaco Heathcliff, mientras que la obra de su hermana Charlotte, “Jane Eyre” –escrita en el mismo año– agrega el personaje de la loca en el tejado, otro arquetipo de la ficción gótica.

Cabe destacar que la ficción de las hermanas Brontë es considerada por algunos críticos feministas como ejemplos característicos del Gótico Femenino, porque exploran las trampas a las que se encontraban propensas las mujeres en el espacio doméstico así como su sujeción a la autoridad patriarcal. También, los peligrosos y transgresores intentos de derribar y escapar de tales restricciones masculinas.

La Jane Eyre de Charlotte, así como la Cathy de Emily, son ambos ejemplos de mujeres protagonistas “apresadas” dentro de su rol femenino.

La ficción gótica de Louisa May Alcott titulada “Una larga persecución fatal del amor” –escrita en 1866 pero publicada en 1995– es también un interesante especimen de este subgénero.

Por otra parte, los cuentos de Elizabeth Gaskell “La condena de los Griffiths” (1858), “La bruja Lois” y “La mujer gris” emplean uno de los temas más comunes de la ficción gótica: el poder de los pecados ancestrales en la condena de las futuras generaciones.

El Gotico Victoriano

Aunque se afirma a veces que el Gótico se consumó antes de la era victoriana para declinar más tarde ante la ficción de horror barata al estilo “Penny Blood” o “Penny dreadful” –ejemplificada por la novela en serie “Varney el vampiro”– en varios aspectos el gótico entró en su etapa más creativa durante la era victoriana, aunque es verdad que no fue el género literario dominante (de hecho, su popularidad había comenzado a mermar frente al éxito de la novela histórica).

Con frecuencia, los victorianos llamaron a sus novelas con el calificativo “gothick” para distinguirlas del auténtico “gothic”.Críticos influyentes como John Ruskin, lejos de denunciar su oscurantismo medieval, elogiaron la imaginación y la fantasía ejemplificadas por los escenarios de arquitectura gótica, que influenciaron a los pre-rafaelitas.

Lectores y críticos recientes también han comenzado a reconsiderar cierto número de ficciones antes subestimadas, consideradas de pésima calidad o directamente “terribles”, previamente pasadas por alto como las pertenecientes a la serie “Penny Blood” y “Penny dreadful”.

Autores como G.W.M. Reynolds fueron adquiriendo lentamente un lugar importante como testimonio del desarrollo urbano particular del gótico victoriano, un área dentro de la cual existen coincidencias interesantes con algunas lecturas de la obra de Dickens, entre otros escritores contemporáneos.

La relación formal entre estas ficciones –juzgadas habitualmente como insumo para audiencias de clase obrera– y las ficciones sensacionalistas incluidas en periódicos para la clase media constituyen documentos dignos para una investigación seria.

Un importante re-intérprete innovador del gótico, en este período, fue Edgar Allan Poe, quien creía que “el terror no es de Alemania, sino del alma”. Su narración “La caída de la casa de Usher” (1839) explora estos terrores espirituales a la vez que reelabora motivos góticos clásicos como la decadencia aristocrática, la muerte y la locura.

Por otra parte, la villanía legendaria de la Inquisición española, explorada previamente por Radcliffe, Lewis y Maturin, es retomada en “El hoyo y el péndulo” (1842). La influencia de Anne Radcliffe es también perceptible en “El retrato oval”, del mismo autor y de idéntico año, además de incluir una alusión en su homenaje, en el propio texto.

Finalmente, también la influencia del romanticismo byroniano es evidente en Poe, así como en la obra de las hermanas Brontë.

El Horror en los Románticos

Otras contribuciones al género gótico fueron proporcionadas por el trabajo de los poetas románticos. Los ejemplos fundamentales son Coleridge y Keats, en cuyas obras se incluyen misteriosas damas videntes, entre otros personajes de originalidad.

La poesía, las aventuras románticas y la personalidad de Lord Byron, caracterizados por el desprecio de su amada Caroline Lamb (para quien tales escritos eran “locos, malos y peligrosos de conocer”) fue otra inspiración para el horror gótico, proporcionando el arquetipo del héroe byroniano, especialmente en sus textos escritos bajo el seudónimo Lord Ruthven, en la novela gótica “Glenarvon”(1816).

Byron ofició también de anfitrión en la competencia de historias fantasmales celebrada junto a Percy Bysshe Shelley, Mary Shelley y John William Polidori en la Villa Diodati, próxima al Lago Ginebra, en el verano de 1816. Esta ocasión resultó productiva para la creación de“Frankenstein” de Mary Shelley (1818) y “El Vampiro” de Polidori (1819).

Esta última historia revive a Lord Ruthven, pero esta vez como vampiro. Cabe destacar que la obra de Polidori ha sido considerada por el crítico cultural Christopher Frayling como uno de los trabajos más influyentes de la ficción de todos los tiempos, cuyo magisterio no ha cesado al día de hoy.

Por otra parte, la novela de Mary Shelley –aunque influenciada claramente por la tradición gótica– a menudo es considerada como la primera novela de ciencia ficción, a pesar de la omisión de cualquier explicación científica para informar acerca de la animación de monstruo.

Un último ejemplo de gótico tradicional es “Melmoth el vagabundo” (1820), escrito por Charles Robert Maturin, obra que combina temas del anticatolicismo con la presencia del héroe byroniano descastado y marginal.

Continuadores del Horror Gotico

La fruta predilecta dentro de la cosecha de “horrores continentales” fue Matthew Gregory Lewis, creador de una célebre obra espeluznante sobre el libertinaje monástico, la magia negra y los actos diabólicos que se titula “El monje” (1796).

Sin embargo, la novela de Lewis se puede leer como una parodia astuta e irónica de este género emergente. De hecho, resulta necesario destacar que la auto-parodia es un rasgo constitutivo de la literatura gótica desde sus inicios, a partir de la célebre novela de Horace Walpole.

La narración de Lewis aterró a algunos lectores contemporáneos; no obstante su representación de monjes depravados, inquisidores sádicos y monjas espectrales –así como su opinión calumniosa de la iglesia católica– , el anti-catolicismo fue un desarrollo importante dentro del género, que influenció a la escritora Anne Radcliffe en su última novela titulada “El italiano” (1797).

En este libro, los desgraciados protagonistas son atrapados en una red de engaños por un monje llamado Schedoni y arrastrados ante los tribunales de la Inquisición en Roma. La obra llevó a un crítico contemporáneo a comentar que si Radcliffe deseaba superar el horror de sus propias escenas debía visitar el mismo infierno.

También el Marqués de Sade utilizó un marco gótico para buena parte de su ficción. Lo llevó a cabo de manera notable en “Las desgracias de la Virtud” y en “Eugenie de Franval”, aunque el marqués mismo nunca pensó sus obras como parte del horror gótico.

Por el contrario, Sade criticó al género en el prefacio de sus “Reflexiones acerca de la novela” (1800), plenamente aceptadas en la actualidad. Allí expresa que el gótico es el producto inevitable del impacto revolucionario bajo el que resonaba Europa.

Esta correlación entre el movimiento revolucionario francés y el terror gótico, representada por la escritura de Radcliffe y Lewis, fue observado también por los críticos contemporáneos del género, como Wright (2007).

Finalmente, el Marqués de Sade consideraba “El Monje” como un texto superior al trabajo de Anne Radcliffe. Otros escritores notables dentro de la tradición continental incluyen a Jan Potocki (1761-1815) y a E.T.A. Hoffmann (1776-1822).

Novelas del estremecimiento

Entre otros varios elementos novedosos, la escritora inglesa Anne Radcliffe introdujo la figura del bandido gótico, que se convirtió en el héroe byroniano. Sus novelas –en especial, “Los misterios de Udolfo”– fueron bestsellers, pero subestimadas por la gente culta por considerarlas un entretenimiento comercial para divertir al público femenino, a pesar de la gran cantidad de seguidores y lectores masculinos.

Uno de los diálogos incluidos por Jane Austen en su novela “La abadía de Northanger”, escrita en 1798, alude a este tema. Su personaje Henry afirma que “Toda persona, sea caballero o dama, que no se otorgue el placer de una buena novela, debe ser intolerablente estúpida. Conozco la obra completa de la señora Radcliffe, la mayoría de cuyos textos leí con enorme placer. Cuando comencé a leer “Los misterios de Udolfo” no pude interrumpir su lectura. Recuerdo haber terminado el libro en dos dos días”. Y su interlocutora, Catherine, le responde “Estoy muy contenta de escucharlo y ahora nunca me avergonzaré de reconocer que Udolfo también me place”.

Pero además, Anne Radcliffe proporcionó una estética de la cortesía para el género, tal como explica en su influyente artículo teórico titulado “Acerca de lo sobrenatural en la poesía” publicado en La Nueva Revista Mensual 7, del año 1826, al analizar la distinción y correlación existente entre el horror y el terror en la ficción gótica.

Contemporáneamente al gótico inglés, los movimientos literarios románticos de la Europa continental forjaron la “novela negra” (the black novel) en Francia. Sus principales exponentes fueron François Guillermo Ducray-Duminil, Gastón Leroux, Baculard d' Arnaldo, y Stéphanie Félicité Ducrest de St-Albin, señora de Genlis y de la Schauerroman (o novela del estremecimiento).

Por otra parte, en Alemania destacaron escritores como Friedrich Schiller (autor de “El Fantasma-Adivino”, publicada en 1789) y Christian Heinrich Spiess. Estas obras resultaron incluso más violentas y aterrorizadoras que la novela gótica inglesa.

Vocablo Gotico


El vocablo “gótico” comenzó a ser aplicado al género literario porque éste desarrolló motivos donde se manifestaron extremos emocionales o temas oscuros y porque encontró su correspondencia en edificios de ese estilo, donde se ambientaban las tramas, tales como castillos, mansiones y monasterios, frecuentemente remotos y devastados, en ruinas.

Fue la fascinación por este tipo de arquitectura, arte, poesía e incluso jardinería ornamental la que inspiró las primeras creaciones de los novelistas góticos.

Por ejemplo, Horace Walpole –cuya obra “El castillo de Otranto” (1764) es con frecuencia considerada la primera auténtica novela gótica– estaba obsesionado con la arquitectura gótica medieval, e incluso construyó su propia casa, llamada Strawberry Hill (Colina de Fresa), reviviendo el estilo gótico.

Su objetivo explícito era combinar elementos del romance medieval, que juzgaba muy fantasioso e imaginativo, con la novela moderna, que en su opinión era excesivamente realista.

El esquema básico de sus argumentos novelescos incluía un misterio amenazante, una maldición ancestral, la presencia de pasajes ocultos y de heroínas desfallecientes.

La primera edición de su obra fue publicitada como un verdadero romance medieval italiano, descubierto y reeditado por un traductor ficticio. Pero cuando Walpole admitió su autoría en la segunda edición, la recepción originalmente favorable se convirtió en rechazo automático por parte de las casas editoriales.

La presencia de elementos supersticiosos, sin intención didáctica, fue interpretada como un gesto inadmisible dentro de la producción moderna, contraria a los principios del Iluminismo.

Más tarde la escritora Clara Reeve, más conocida por su obra “El viejo barón inglés”, tomó el esquema argumental de Walpole y lo adaptó a la demanda de su época, equilibrando la presencia de elementos fantásticos con el realismo del siglo XVIII.

Sin embargo, la inquietud que se desató fue si los acontecimientos sobrenaturales que no eran tan evidentemente absurdos como en la obra de Walpole llevarían a las mentes más simples a creerlos posibles. La técnica empleada por la escritora Ana Radcliffe, en cuyas obras cada elemento aparentemente sobrenatural resulta finalmente explicado por causas naturales, fue aceptada por los revisores literarios de las editoriales inglesas de la época.

Radcliffe hizo socialmente aceptable al “nuevo gótico”, lo cual resultó irónicamente seguido por una rápida degradación del renombre del género. Su éxito atrajo a muchos imitadores de baja calidad, que pronto llevaron a forjar la opinión general del género como productor de una literatura inferior, formulista y estereotipada.

Ficcion Gotica

La ficción gótica es conocida también como “horror gótico” y se trata de un género literario que combina elementos del horror y del romance. Como tal, se cree que ha nacido de la pluma del escritor inglés Horace Walpole, autor de la novela “El castillo de Otranto”, que data de 1764.

El efecto de la ficción gótica deriva de una clase de miedo que podría caracterizarse como “terror agradable”, una proyección de los placeres esencialmente románticos relacionados con la época en que está contextualizada la novela de Walpole.

El melodrama y la parodia –incluyendo la autoparodia– fueron otras características, durante muchos años, del gótico iniciado por Walpole. Cabe destacar que la literatura gótica se asocia íntimamente con el resurgimiento de la arquitectura de la misma época.

De forma similar a la revitalización del estilo gótico en las artes plásticas –que incluyeron el rechazo de la claridad y del racionalismo aportados por la tendencia neoclásica del Iluminismo–, el gótico literario incorpora su aprecio por los sentimientos de emoción extrema, una combinación del terror con lo sublime.

Por otra parte, las ruinas de edificios góticos dieron lugar a múltiples emociones ligadas al decaimiento y derrumbamiento inevitable de las creaciones humanas, lo cual llevó a agregar “ruinas falsas” a numerosos parques y paisajes anglosajones.

Los protestantes ingleses asociaron a menudo los edificios medievales con aquello que creían oscuro y terrorífico, caracterizado por rígidas leyes que incluían la tortura, los rituales misteriosos, fantásticos y supersticiosos. En literatura, este anticatolicismo tuvo anclaje en Europa a través de los excesos católicos de la Inquisición en países meridionales como España e Italia.

Los rasgos privilegiados por la ficción gótica son el terror –tanto psicológico como físico–, el misterio, lo sobrenatural, los fantasmas, las casas encantadas de arquitectura gótica, los castillos, la oscuridad, la muerte, la locura, los secretos y las maldiciones hereditarias.

Por otra parte, los personajes comunes de la ficción gótica incluyen tiranos, bandidos, maníacos, héroes byronianos, doncellas perseguidas, mujeres fatales, locas, vampiros, magos, hombres-lobo, monstruos, demonios, vengadores, fantasmas, esqueletos ambulantes, judíos errantes y el propio Diablo.

viernes, 2 de octubre de 2009

Deja a los muertos en paz - Ernst Raupach

Deja a los muertos en paz.
Laβ die Toten Ruhn; Ernst Raupach (1784-1852)


Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.

Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.

Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:

-¿Dormirás eternamente?

Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:

-¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
-El amor es la fuerza más grande que hay en el universo y yo amaba a la que aquí está pudriéndose. Quisiera que regresara conmigo. -le respondió Walter con pena y necedad.
-¿Crees que va a despertar con tus lamentos? ¿No vez que perturbas su calma?
-¡Vete, anciano, tu no conoces el amor! ¡Si yo pudiera abrir con mis manos la tierra y devolverle la vida a mi querida Brunilda, lo haría a cualquier precio! -le gritó Walter.
-Ignorante, no sabes lo que dices, te estremecerías de
horror ante la resucitada. ¿Piensas que el tiempo no degrada los cuerpos? Tu amor se convertiria en odio.
-Antes se caerían las estrellas del cielo. Yo reventaría mis músculos y mis huesos si ella resucitara; jamás podría odiarla.
-Hablas con el corazón caliente y la cabeza hirviendo. No quiero desafiarte a devolvértela: pronto te darías cuenta de que no miento -dijo el anciano.
-¿Resucitarla? -Gritó Walter, arrojándose a los pues del mago- Si eres capaz de tal maravilla, ¡hazlo!, hazlo por estas lágrimas, por el amor que ya casi no vive sobre la Tierra. Harías la mejor obra de bien en tu vida.
-Calma, si decides que así sea, regresa a medianoche; pero, te lo advierto: ¡
Deja a los muertos en paz!

Walter regresó a su casa, pero no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, justo a medianoche, esperaba al hechicero junto a la tumba.

-¿Haz considerado lo que te dije? -Le pregunto el anciano.
-Si, lo he pensado. Devuélveme a la dueña de mi corazón, te lo suplico. Podría morir esta noche si no cumples tu promesa.
-Bien -Le dijo el viejo- sigue recapacitando y regresa aquí mañana a medianoche. Te daré lo que tu pides, sólo recuerda algo: ¡
Deja a los muertos en paz!

A la noche siguiente apareció el hechicero y dijo:

-Espero que hayas pensado bien la situación. Regresar a un muerto a la vida no es cosa de juego. Esta será la última vez que te lo diga: ¡
Deja a los muertos en paz!
-¡Basta, mi amada no tendrá paz en esa tumba helada, tienes que regresármela, me lo haz prometido! -le gritó Walter lleno de ansiedad.
-¡Recapacítalo, no podrás separarte de ella hasta la muerte, aunque la repugnancia y el odio se apoderen de tu corazón! Solo habría un medio espantoso de lograrlo y no creo que tu quieras oír hablar de eso.
-¡Anciano imbécil, devuélveme a Brunhilda! ¿Cómo podría odiar lo que más he amado? -aulló Walter con desesperación.
-Está bien. Puesto que así lo quieres, ¡sea!¡retrocede!

El hechicero dibujó un círculo alrededor de la tumba y una tempestad se desató. Alzó los brazos al cielo y comenzó a gritar frases en una lengua que no era humana. Los búhos comenzaron a volar de los árboles. Las estrellas se ocultaron detrás de las nubes. La lápida que cubría la tumba comenzó a moverse y se abrió paso hacia la superficie. En el hoyo, el anciano tiró varias hierbas mientras seguía murmurando con los ojos en blanco. Un viento rápido y helado salió del sepulcro al mismo tiempo que cientos de gusanos escalaban la tierra. De pronto las nubes se apartaron y la luna bañó la sepultura vacía. Sobre ella, el hechicero vertió sangre fresca contenida en una calavera y exclamó:

-Bebe, tú que duermes, bebe esta sangre caliente para que tu corazón pueda latir otra vez.

Como volcán que hace erupción, se levantó Brunilda, empujada por una fuerza invisible, de la noche eterna en la que estaba sepultada. Tenía el pelo negro como la tormenta, ojos azules y una piel muy blanca. El anciano hechicero la tomó de la mano y la llevó hasta Walter.

-Recibe otra vez a la que amas. ¡Espero que nunca vuelvas a necesitar mi ayuda! De ser así, me encontrarás en las noches de luna llena en las montañas, donde los caminos se cruzan -diciendo esto, se alejó con paso lento.
-¡Walter! -exclamó Brunilda- llévame pronto al castillo en las montañas.

Walter saltó sobre el caballo y, tomando a su amada, galopó en dirección a las montañas solitarias, donde tenía un castillo oculto. Ahí había vivido con Brunilda. Sólo el viejo criado los vio llegar. Fue amenazado de inmediato por el patrón, quien le ordenó guardar silencio.

-Aquí estaremos bien -dijo Brunilda -hasta que mis ojos puedan ver la luz nuevamente.

Mientras residían en el castillo, los pocos criados ignoraban por completo que su antigua ama hubiera resucitado. Sólo el viejo sirviente sabía la verdad y era el que les llevaba agua y la comida. Los primeros siete días vivieron a la luz de las velas, con todas las cortinas cerradas; los siguientes siete se abrieron las ventanas más altas, de modo que sólo entraba la tenue claridad del amanecer o del anochecer. Walter nunca se apartaba de su querida Brunilda. No obstante, sentía un escalofrío que le impedia tocarla y no sabía por qué, pero tan grande era su amor que no le importaba. Estaba seguro de que esto era mejor que el pasado. Su esposa era aún mas bella que cuando estaba viva la primera vez, su voz era más dulce, sus palabras fluían con emoción y toda ella lo fascinaba hasta la locura.

Brunilda constantemente hablaba de los amores que habían tenido en el pasado, haciendo a Walter emocionantes promesas que pronto realizarían. Su amor sería el amor más grande que hubiera conocido el mundo. Así embriagaba a su amado de esperanzas para el futuro. Sólo cuando hablaba del cariño que sentía por él, dejaba aparecer la parte terrenal; de otro modo discutía sin cesar de asuntos espirituales, eternos y proféticos.

Todos los días dormían juntos. Walter sentía la necesidad de enamorar a su esposa, compenetrarse con ella como lo hacía antes, pero Brunilda se apartaba bruscamente de la cama y le explicaba:

-Así no querido. ¿Cómo podría yo, que he regresado de la muerte, para estar contigo, ser tu amante mientras tienes una sucia mujer que se hace llamar tu esposa?

Walter había enloquecido y estaba dispuesto a todo. Un día, arrebatado por la pasión, abandonó el castillo y cabalgó con furia por entre los bosques y las montañas hasta que llegó a su casa, donde su esposa Swanhilde lo recibió con cariños y palabras bellas, al igual que sus hijos. Pero nada pudo calmarlo ni reprimir su cólera. Expuso a su esposa que lo mejor era que se separaran para que cada quien pensara las cosas con calma y vieran si realmente se querían o no. Swanhilde, llena de comprensión, le dijo que estaba bien.

Al otro día, Walter había conseguido el acta de separación que decía que ella debería regresar a casa de sus padres. Los niños se quedarían en el castillo. Entonces Swanhilde le dijo:

-Sospecho que me dejas por el amor de Brunilda, a quien no puedes olvidar. Te he visto ir al cementerio y rondar su tumba. ¿No me digas Walter, que has osado juntar a los vivos con los muertos? ¡Eso causaría tu destrucción!

Walter recordó que lo mismo le había sentenciado el hechicero, pero no lo tomó en cuenta. Hizo redecorar el palacio al gusto de la nueva dueña. La resucitada ingresó por segunda vez a su mansión como esposa. Walter les dijo a todos los criados del palacio que era una nueva novia que había traído de tierras lejanas, pero los habitantes del castillo veían el extraño parecido que había entre la señora y su antigua ama Brunilda. Sus almas se llenaron de espanto, pues esperaban lo peor y, entre la servidumbre, corría el rumor de que su amo había desenterrado a la antigua esposa de su tumba y con poderes mágicos la había hecho vivir nuevamente.

La nueva ama nunca llevaba otro vestido que no fuera su túnica gris pálido, no usaba joyas de oro como las grandes señoras, sino turbias alhajas de plata de manera de cinturón y aretes; opacas perlas cubrían su pecho. Brunilda sólo salía en los atardeceres e impuso mano dura a todos los criados que la rodeaban. Era una mujer cruel que castigaba sin pretexto y por placer. Tenía el poder de la vida o la muerte sobre ellos.

En otro tiempo el castillo estuvo poblado de alegría, pero ahora sus moradores tenían la cara demacrada por el temor; se estremecían cada vez que se cruzaban con Brunilda. Muchos criados cayeron enfermos y murieron. Aquellos que la veían a los ojos se convertían en esclavos de sus caprichos. La mayoría intentó huir del castillo. Sólo algunos eran conservados con vida, los ancianos.

Los poderes que el hechicero había dado a Brunilda con el alimento humano había recompuesto su cuerpo corrupto. Sólo una bebida mágica podía conservarla con vida, una opción maldita: sangre humana, bebida aún caliente de venas jóvenes.

Ya deseaba comenzar a beber esa sangre, la de Walter, pero tenía que esperar hasta que fuera la noche de luna llena. Una tarde, repleta de ansiedad, vagaba por el bosque y se encontró con un pequeño niño de cachetes rosados. Lo atrajo hacia ella con caricias y regalos y lo llevó a una estancia apartada de la vista humana para succionar la sangre de su pecho. Después de esa indigna acción, ya nadie estuvo a salvo de sus ataques. Todo humano que se acercaba a ella era narcotizado con la fragancia de su aliento. Niños, jóvenes y doncellas se marchitaban como flores. Los padres resentían
horror ante aquella plaga que hacía estragos en la vida de sus hijos.

Pronto empezaron a circular rumores. Se creía que ella era la causante de la peste mortífera, pero en las víctimas no había huella alguna que la incriminara y nadie la había visto haciendo esas aberraciones. Entonces el remedio radical: los padres abandonaron el pueblo, dejando sus casas vacías y las tierras sin trabajar. El castillo quedó desolado y el pueblo también, sólo permanecieron los ancianos decrépitos y sus esposas.

El único que no veía la muerte a su alrededor era Walter. Estaba entregado a su pasión, por sobre todas las cosas, por Brunilda, quien lo amaba con una ternura que nunca antes había mostrado. Hasta ahora no había necesitado de su sangre; pero ella no dejaba de advertir con pesadez que sus fuentes de vida se agotaban; pronto ya no habría sangre fresca y joven, excepto la de Walter y sus hijos. Al regresar al castillo, Brunilda había sentido el rechazo por los hijos de una extraña y los había dejado relegados a los cuidados de una sirvienta vieja. Pero la necesidad hizo que pronto se ganara el amor de los niños; los dejaba dormirse en su pecho, les contaba
historias, jugaba con ellos y los adormecía con la mirada y el aliento.

Lentamente iba extrayendo de los infantes el flujo vital que la mantenía viva y hermosa. Poco a poco las fuerzas de los chiquillos fueron desapareciendo, sus risas alegres se habían transformado en débiles sonrisas. Las nodrizas estaban preocupadas y temían que todos los rumores fueran verdad. No se atrevían a decirle nada a su patrón. El varoncito murió primero. Después su hermanita lo acompañó a la tumba. Walter se llenó de pena por la muerte de sus hijos y su tristeza disgustó fuertemente a Brunilda, que lo regañaba:

-¿Por qué lamentarse tanto? ¡Seguramente te recuerdan a su madre! ¿O ya estás harto de mí? -le decía la hermosa mujer con los ojos inyectados de odio.

Walter era un esclavo. Perdonó las ofensas de su esposa y le pidió disculpas. Pronto volvían a vivir en la locura del amor de la muerte. Con todo, sólo quedaban él para saciar la sed de aquella bestia infernal. Las criadas eran demasiado viejas y su sangre no servía. Brunilda lo sabía y no le importaba, pues pensaba que al morir Walter, conquistaría a otros hombres e irían a nuevos pueblos en búsqueda de sangre jóven.

En las noches, cuando dormía profundamente narcotizado, ella adhería los colmillos a su pecho. Walter resentía la falta de sangre y salía a dar largos paseos por la montaña buscando reponer su salud. Atribuía su debilidad a la falta de alimentación; nada sospechaba. Un día estaba tumbado a la sombra de un árbol y un raro pájaro pasó volando, dejando caer una raíz seca, rosácea, a sus pies. Tenía un aroma delicioso e irresistible. La masticó y sintió que su boca se llenaba de hiel amarga, entonces arrojó lejos la raíz que pudo haberlo salvado del hechizo en el que lo sumía su esposa.

Esa misma tarde, Walter regresó al castillo. El mágico perfume de Brunilda no surtió efecto alguno sobre el hombre y por primera vez en muchos meses durmió un sueño natural. Comenzó a sentir un agudo dolor en el pecho, abrió los ojos y vio la imagen más horrible y aterradora de su vida: los labios de Brunilda succionando la sangre caliente que salía de su pecho. Gritó con
horror y Brunilda se apartó con la sangre escurriéndole por la boca.

-¡Demonio! ¿Así es como me amas? -rugió Walter.
-Te amo como aman los muertos -respondió con frialdad la mujer.
-Sangriento monstruo, ahora lo comprendo. Tú mataste a mis hijos, tú eres esa peste de la que hablaba el pueblo.
-Yo no los he asesinado. Tuve que sacrificar sus vidas para satisfacer tus placeres. ¡Tu eres el asesino! -gritó Brunilda con los ojos helados.

Las sombras amenazadoras de todos los muertos fueron convocadas ante los ojos de Walter por las terribles y verdaderas palabras de Brunilda.

-Querías amar a una muerta, acostarte con ella. ¿Que esperabas?
-Maldita! -gritó y echó a correr fuera del cuarto mientras se maldecía.

Al amanecer, Walter despertó en los brazos de Brunilda. Una larga cabellera negra envolvía su cuerpo, la fragancia de su aliento lo condenaba al estupor. Enseguida se olvidó de todo y se dedicó al placer con la muerta en vida. Cuando el efecto del hechizo pasó, el
terror era diez veces más fuerte. Como era de día, Brunilda dormía. El hombre se refugió en las montañas, lejos de lavampira. ¡Pero era en vano! Cuando despertó, estaba en brazos de Brunilda, comprendiendo que asi seria para siempre.

Sin embargo, intentaba huir todos los días, luchando contra la muerte. Walter se refugió en uno de los rincones mas oscuros del bosque, donde la luz nunca llega. Escaló una roca mientras llovía intensamente y las nubes le enseñaban las caras de las víctimas de su esposa. En ese instante la luna emergió de las altas montañas y aquella visión le recordó al hechicero. Se dirigió con decisión a aquel lugar donde se juntan los caminos; no estaba lejos. Cuando llegó, encontró al anciano sentado en una roca, lleno de paz. Walter le gritó, tirándose al piso:

-¡Sálvame, por piedad, sálvame de ese monstruo que sólo sabe sembrar la muerte!
-¿Comprendes ahora cuán importante era mi advertencia de dejar a los muertos descansar? -le dijo el anciano.
-¿Por qué no impusiste ante mis ojos todos los horrores que iban a suceder, todos los asesinatos y la maldad que estaban desencadenando? -preguntó Walter, sollozando.
-¿Es que acaso escuchabas algo que no fuera tu propia voz, tu pasión desmedida?
-Es verdad. Pero ahora te pido, por lo que más quieras, que me ayudes -suplicaba Walter agonizando.
-Bien, te voy a decir lo que debes hacer. Es terrible. Sólo en las noches de luna llena duerme un
vampiro el sueño humano. En ese momento pierde todos sus poderes y esa noche... ¡deberás matarla!.Lo harás con una afilada estaca que yo mismo te daré. Renunciarás para siempre a ella, jurando al cielo no volver a invocar su recuerdo ni mencionar su nombre o, de lo contrario, la maldición se repetirá, ¿esta claro? -preguntó el anciano hablando con autoridad.
-Lo haré, noble hechicero, haré todo lo que tú me digas para librarme de ese monstruo, pero ¿cuando sera luna llena?
-Faltan 15 días.
-¡Oh, imposible! Sus poderes me arrastraran hasta ella y me matará.
-Te esconderé en esta cueva, aquí te quedarás los quince días. En este tiempo tendrás techo y comida; por ningún motivo debes asomarte fuera de aquí. Yo volveré la noche de luna llena.

Pasó Walter el tiempo convenido en la cueva, sin moverse de su sitio, pues el inmenso temor que sentía paralizaba sus miembros. Todas las noches se le aparecía Brunilda como en sueños llamándolo por su nombre, prometiéndole que todo iba a cambiar, pidiéndole que regresara. De ese modo lo abrumaba, sumiendo a Walter en la locura. Hasta que por fin llegó la luna nueva. El hechicero entró en la caverna alumbrado por el astro y tomó a Walter por el brazo. Se dirigieron caminando al castillo en medio de la noche. Todas las puertas del palacio se abrían sin necesidad de tocarlas, tal era la magia del hechicero. Llegaron al aposento de Brunilda. Dormía, bella, hermosa, con un sueño ligero. ¿Quién podria pensar que aquella adorable criatura era un pavoroso
vampiro?

Walter tenía los ojos llenos de amor. Levantó la estaca sobre su cabeza y, asestando un golpe tremendo, la hundió en el pecho de la
vampira hasta atravesarla por completo, mientras le gritaba:

-¡Te condeno para siempre!
Brunilda alcanzó a abrir los ojos y decirle a Walter.
-Conmigo te condenas.

El hombre colocó su mano sobre el pecho de la mujer pronunciando el juramento que le había dicho el anciano:
-Jamás evocaré tu amor, jamás pronunciaré tu nombre... te condeno.
-Muy bien -le dijo el hechicero -todo ha terminado. Ahora debemos devolverla a donde pertenece y de donde no debió haber salido. Nunca olvides tu juramento. No volverás a verme jamás -y diciendo esto, desapareció de improviso ante los ojos del hombre.

La espantosa difunta estaba otra vez en su tumba, pero su imagen perseguía a Walter sin descanso, convirtiendo su vida en un eterno combate. La muerta le decía todo el tiempo:

-¿Perturbaste mi sueño eterno para asesinarme?

Walter siempre debía responderle: "Te condeno para siempre". Pero la imagen no se iba y aquel juramento estaba todo el tiempo sobre sus labios. Vivía afligido por el
miedo de despertar un día y verse en brazos de lavampira. Además de esto, las imágenes de las víctimas de Brunilda se le aparecían gritándole:

-¡Conmigo te condenas!

El castillo de Walter estaba desierto y en ruinas, como si la guerra y la peste hubieran pasado por ahí. En medio de su soledad, quiso pedir perdón a Swanhilde y regresar con ella, pero la bella dama sabía que sus hijos habían muerto y lo despreciaba con rencor. Así, Walter solo como un perro, vagaba día y noche por los alrededores del castilllo.

Una mañana vio pasar a varios jinetes cabalgando. A la cabeza iba una bella mujer montada en un caballo negro y detrás de ella venían con alegría damas y caballeros. Walter los llamó y, después de saludarlos con agrado, los invito a comer al castillo. Aceptaron gustosos. Parecía que la vida había regresado al palacio. Todo era júbilo y gozo. Walter insistió en que se quedaran con él una semana; ya había contratado un nuevo ejército de criados que cuidaban todos los caprichos de cada invitado, e igualmente no dudaron en decirle que sí. Walter sentía tanta confianza por la mujer del caballo negro, que le había contado su
historia y la de Brunilda. Ella lo consoló con toda clase de palabras y frases de afecto. Así transcurrieron los días, hasta que le pidió a la extraña que se casara con él. Ella accedió de inmediato y siete días después celebró la boda con una gran fiesta, que duró cuatro días con sus noches.

El castillo se vio envuelto en un salvaje desenfreno de alcohol y lujuria. Parecía que el demonio mismo asistía a aquella celebración. Walter condujo a su mujer al cuarto. Cuando la recostó sobre la cama, ella transformó sus brazos en una gigantesca serpiente que con sus siete anillos envolvió el cuerpo del pobre hombre triturándole los huesos, al tiempo que comenzaba el fuego en la habitación.

Pronto quedó en llamas, la torre del castilllo se desmoronó sepultando bajo sus escombros al agonizante Walter y, cuando estaba a punto de morir, una voz atronadora gritó:

!Deja a los muertos en paz!

Ernst Raupach (1784-1852)
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